miércoles 14 de octubre de 2009

10 cosas que debe tener un editor


Darío Dávíla


1. Un editor no pega textos: un editor es un artesano de talento que se apasiona construyendo, enriqueciendo y aportando conocimiento a los textos.
2. Un editor no imagina cómo es la calle; ¡un editor sale a la calle!
3. Un editor no ordena a sus reporteros; un editor extrae lo mejor de sus reporteros.
4. Un editor no da palmadas en la espalda; un editor estruja el corazón de sus reporteros.
5. Un editor hace las preguntas que nadie más haría a un reportero; es un cómplice incómodo.
6. Un editor no sólo ve palabras; piensa en página, video, podcast, fotogalería, infografía.
7. Un editor no es al que siguen los reporteros; un editor es quien alumbra el camino del talento de los reporteros.
8. Un editor no es un doctor que cura textos mal escritos; un editor ayuda a sanar y a prevenir enfermedades en los textos.
9. Un editor es una buena persona; las malas personas no pueden ser buenos editores.
10. Un editor es ante todo un cómplice de la calidad, los valores y la pasión. Ese es un editor.

martes 22 de septiembre de 2009

Matices en la nota roja



Marcela Guajardo

Son escasos dos meses que estoy dentro del ámbito policíaco, cada día me ha dejado un aprendizaje nuevo.
El primero de ellos fue valorar el trabajo de los reporteros de la nota roja.
Además del cálido recibimiento que de todos recibí, el aprendizaje se hizo evidente al observar simplemente cómo trabajaban.
Muchas personas consideran que la nota roja es poco profesional y un tanto amarillista. He de aceptar que alguna vez yo también pensé eso.
Se tacha a los reporteros de insensibles y fríos, pero es todo lo contrario.
Hay reporteros que son grandes seres humanos y distan bastante de parecer los robots amarillistas e insensibles que la gente imagina.
Cuánto profesionalismo se necesita para describir la tragedia en algunos párrafos a fin de informar a la gente. Cuánta sensibilidad se requiere para no involucrarte en temáticas que te enchinan la piel.
Estos hechos son los que los reporteros de la nota roja viven día a día. Pero no sólo se describen las tragedias, la muerte: la desolación.
Hay eventos que un reportero de nota roja también retrata: el grito de la gente desprotegida, las hazañas de héroes anónimos, denuncias que la gente confía para que se tomen cartas en el asunto.

Mejores personas
Si bien es cierto que muchas notas de un periódico policíaco están plagadas de tragedia y dolor, hay también muchas de ellas que esconden la furia de un grito no escuchado o la risa inocente de un pequeño que ha superado las deficiencias físicas con las que ha nacido.
Como cualquier otro periodista, aquel policíaco utiliza la palabra para describir lo que vive la gente, es la misma gente la que ayuda a los periodistas a ser mejores personas. Porque muchas veces de la fuente se aprende.
En resumidas cuentas, la nota roja también tiene matices y no se conocen hasta que se trabaja dentro de ella.

* Tecleado desde el vértigo de alguna redacción como tantas otras de México, la cual se nutre de a poco de los jóvenes que salen de las universidades, quienes utilizan las palabras para soñar mundos mejores y libran batallas empuñando el filo de una hoja de papel.

sábado 12 de septiembre de 2009

El aire tibio del desierto (o en torno a La literatura del lonche)




Los demonios de la ciudad también escupen polvo,
también los chanates saben borrar plazas y palmeras,
camellones y vientos, con su minúscula alteridad.
José Juan Zapata

Ha quedado un sabor arenoso en mi boca al saber que del 10 al 18 de Octubre de este año presentarán Persistencia de las tolvaneras en la Feria del Libro de Monterrey.
Tengo dos años esperando esta obra, de la cual he leído algunos fragmentos en una habitación sombría cubierta por un cielo oscuro.
Sus letras de inmediato nos transportan a un desierto bello, a veces salvaje, espinoso; nos dibuja a los hombres del campo, la inmensidad de la vacuidad; el pasado revolucionario: los cantos lastimeros.
Una metáfora de la eternidad del desierto, explicaría él.
José Juan Zapata, 25 años, el poeta que detesta que le llamen poeta, o escritor, es un buen amigo originario de Torreón. Lo conocí hace muchos años escribiendo notas de cultura y espectáculos en la redacción de La Opinión – Milenio, a ratos – entre la presión de la hora del cierre - charlábamos cosas varias en las instalaciones de ese viejo periódico lleno de fantasmas.
Su incursión al periodismo fue ocasional, como la mía. Y su gusto por las letras fue de nacimiento, tanto él como yo preferimos hablar de la vida en un puesto de lonches de adobada que de actualidad en una tertulia poética.
Los refrescos de cola y la cerveza sudada suelen suplir el vino tinto.
El limón y los cacahuates: los quesos y el jamón.
Odiamos, también, la literaturalidad innecesaria.
José Juan dejó un día el diario y se fue a culminar su carrera de letras a Monterrey, llevaba consigo versos guardados en su PC.
Como reportero de cultura rompía, o rompe los esquemas de literato frustrado. Fiel al dato duro, correcto en la narración (aunque no sea su fuerte) siguió su carrera en diario El Porvenir, después se enroló al sistema editorial de la UANL, donde actualmente escribe y escribe.
Hace como un año confesó que su verdadera vocación era el periodismo, lo descubrió en sus textos y blogeando en la red. Su amante es la poesía: la escribe a ratos libres, mientras chatea, a veces en el acorde de una rola de rock o perdida la mirada en el desierto mar de un cristal de autobús.
Cuando pienso en José Juan, lo cual es difícil porque siempre lo encuentro en la red, lo imagino caminando pausado por las calles, con su mochila llena de papeles y uno que otro libro; con sus lentes de pasta, tarareando alguna canción de Bob Dylan.
Yo no sé de poesía, ni de literatura, pero Persistencia de las tolvaneras es un desierto, un desierto tan inmenso como los días que restan para leerlo en su totalidad.

miércoles 11 de febrero de 2009

Baila Conmigo, la noche muxe de Juchitán


Quitzé Fernández

Hubo que conocer a Almendrita, sonreírle: saludarla de beso para entrar a su puesto de la Vela Baila Conmigo, la cual organizan cada año en la colonia Séptima Sección. También, hubo que comprar un cartón de cervezas, para que el alcohol siguiera fluyendo, apagando el calor tropical que asfixia en el Istmo de Tehuantepec.

Y, además, hubo que aceptar el rechazo de Misteriosa – así dijo que la llamara -, por no saber bailar La Colegiala, esa noche finales de diciembre, en la que el vocalista del grupo Fantasía Tropical, gritaba en el micrófono:

“¡Y las manos van arriba, siempre arriba, arriba!”: ¡Cumbia! Y la diversidad sexual no dejaba de gritar y bailar y bailar cumbia, pura cumbiaaaa…

Nereida Charís Sánchez, coordinadora de eventos culturales del DIF Juchiteco, confió: “Son parte de nuestra sociedad, un día sin muxes sería muy triste”.

Porque en Juchitán, Oaxaca, municipio que se encuentra en la región denominada Istmo de Tehuantepec (Juchitán, Matías Romero, Lagunas, Salina Cruz y Santo Domingo Tehuantepec), muxes (mushes) son aquellos hombres que prefirieron formar parte de un tercer sexo, llamado de muchas maneras en el país: jotos, maricones, putos, chotos, gay´s.

Sólo que aquí, con 35 grados de temperatura y enfundados en sus enaguas, es común verlos en la cotidianeidad de toda actividad social, sin ser ofendidos, sin ser señalados.

Muxe, en Zapoteco, es como se les denomina, contó Nereida. Desde muy temprano, cuando los padres empiezan a notar cierta tendencia femenina en los niños, les llaman Gueu, que significa Coyote: “Es por que dicen que lo coyotes son miedosos, siempre andan en grupo”.

Nereida considera que los muxes son importantes dentro de la sociedad Juchiteca; distintas voces alrededor del estado de Oaxaca, aseguraron que el homosexualismo no se expresa abiertamente como en el Istmo:

“Son ellos quienes finalmente se quedan en casa con los padres, para cuidarlos en su vejez. Si no son ellos, no es nadie, porque nunca se van a casar”.

***

En Juchitán, según el último censo de población, hay 85, 869 habitantes, cuyo dialecto es Zapoteco, sus letras lo mezclan con español. Lo sabe bien Angélica Fuentes Mayoral, Gely: hace 33 años nació siendo hombre. Cuando habla con clientes de su tienda de ropa, lo hace en Zapoteco, me atiende en español.

Entiendo que se queja de mi presencia, habla molesta con su cuñada mientras observa: “El tiempo cuesta, somos personas muy ocupadas”.

Gely es modista, diseñadora. Fue iniciadora de la agrupación gay civil zapoteca “Autenticas Intrépidas Buscadoras del Peligro”, quienes celebraron, nada más como pasatiempo, la primer vela de Las Intrépidas, hace 23 años:

- Teníamos como 10 años, nos juntábamos a jugar con muñecas: América, Ulises, Santiago, Giovanna, Dorís y yo, para nosotros era una vela, de ahí surgió la idea.

Vela, es como llaman a la tradición de la mayordomía, que es la actividad religiosa organizada para celebrar una fiesta patronal. En total son 26 Velas repartidas durante el año, Gely, explica que antes de una Vela, los organizadores (mayordomos) conviven, celebran misas, riegan frutas y flores por las calles, hacen una velada y después el baile popular.

La vela de Las Intrépidas es a finales de noviembre, la segunda vela muxe es el 28 de diciembre, denominada Santa Cruz, Baila Conmigo, Gely dice que es para la gente del pueblo; Intrépidas es en salón, asisten muxes de otras partes del país:

- La de las Intrépidas es internacional, Baila Conmigo es para la gente del pueblo, se hace al aire libre.
- ¿O sea que Intrépidas es fresa?
- Algo así, es más fashion.

Gely organizó durante mucho tiempo la Vela de Las Intrépidas, celebrada oficialmente en 1995: “Primero era convivio, como vela tiene 14 años. Yo fui la primer reina”.

***

Gely fue el tercero de seis hijos, su padre, Cándido Jiménez Guerra, era y sigue siendo un hombre criado a la antigua. Anhelaba un varón: primero nació María Isabel, después María del Carmen, vino Gely, Víctor, María Magdalena y Zaira.

Gely prefiere no decir su nombre real; desde hace mucho es Gely, Gely se le quedará.

Supo en sus primeros años que su destino no era ser hombre: “Me gustaba ponerme vestido, papá era homofóbico, me pegaba, recibí muchos golpes físicos y morales”.

Lucila Martínez, su madre, sufrió en la infancia de Gely: “Me gustaba hacer cosas de mujer, mamá me escondía, decía: ‘Ya va a llegar tu papá, quítate esa ropa’. Ella me ayudó mucho”.

Gely contó que su papá le daba cosas de hombres, quitándole las muñecas de sus hermanas, incluso lo llevó al campo a trabajar, a cortar el monte a machete limpio, escurriendo sudor en sus manos ampolladas de cenicienta juchiteca:

“Pero como ser muxe no es gripe, no se me quitó”.

Pasaron los años, en su cámara lenta. Cansado de maltratos, en la adolescencia se rebeló, diciendo que no podía vivir de esa manera, que se iba para no volver.

Vinieron las discusiones, las culpas. Cándido Jiménez, gritó:

- ¡Si te vas, que sea de una vez!

Lucila intervino:

- Es mi hijo, nació muxe ¿Qué le vamos a hacer? De que lo exploten otras personas, mejor lo explotamos nosotros.

En la familia había esperanza, dijeron que hace muchos años hubo un familiar muxe que se casó y tuvo familia: “Al final mi papá aceptó, con la condición que no me pintara ni me vistiera como mujer, pienso que perdí muchas cosas, como una infancia feliz”.

A los 18 años ya se hacía cargo de la familia, cosía desde los 12 porque su madre y hermanas le enseñaron.


***

Gely se siente orgullosa por realizarse como muxe, crea su propia ropa; un traje bordado a mano lo vende hasta en 10 mil pesos: “Me he liberado del fantasma de tener encima a la sociedad, que es una desgraciada”.

Para ella un muxe es aquel que está preparado para apoyar a la familia, para quedarse con los padres hasta el último día de su vida, también, dijo, es aquel que tiene una preferencia sexual distinta a los demás.

Aunque Gely necesita tiempo para cerrar capítulos en su vida, porque como ser humano faltan muchas cosas por superar: “En mi vida sentimental hay un vacío. A veces pienso: ‘¿Llegará el momento en que llegue a ser feliz?’. Por ver a la familia contenta, no he tenido todo”.

A veces, suspira, la gente se enamora de alguien que no sabe si es real, o producto de la fantasía.

Para asistir a la Vela Baila Conmigo, irá de invitada; ya no se encarga de organizar las veladas; conflictos personales entre los mismos muxes han originado a ello, incluso que la fiesta se divida en dos: norte y sur, dos calles distintas, la misma colonia

Esa noche se vestirá de traje típico. No sabe cuál usar, sólo que invertirá mucho tiempo en arreglarse:

- ¿Puedo fotografiarte mientras te maquillas?
- No sé. Ya veremos, sólo si me convences.

Preferí no insistir.


***

A unas cuantas horas de que empiece la Vela, en la calle hay dos escenarios con bocinas. La música no deja de sonar: cumbia, pop, cumbia; tonos brillantes, chillones multicolores fragmentando la oscuridad; cerveza en las calles, mucha cerveza. América en su casa escuchando todo, maquillándose para la ocasión:

“Es como un concurso de belleza donde todos nos conocemos, ahí mismo nos destrozamos”.

América Pineda Esteva, alguna vez se llamó Rubén, un mes atrás fue la reina de Las Intrépidas: morena, pelo corto, piernas frondosas y depiladas; 32 años, 17 de nunca fallar a Baila Conmigo, pese a que tiene diez viviendo en el Distrito Federal, siempre regresa, trabaja en un departamento de diseño:

“Pienso en regresar para siempre un día, para cuidar a mis padres. Estudio cultura de belleza para prepararme”.

América sonríe al recordar frente al espejo, cuando en 1992 se transmitía Baila Conmigo, aquella telenovela protagonizada por Eduardo Capetillo y Bibi Gaytán: “Todos queríamos ser Bibi, su cuerpo nos gustaba mucho. Por eso le pusimos así a la vela”.

Brillo en la boca, aplica rimel en sus pestañas negras postizas: trae short y blusa negra, a la espera un vestido negro con blanco que ceñirá su cuerpo, porque esa noche interpretará a Thalía en el escenario, A quien le importa desatará los gritos:

“Quiero mostrar mis atributos con ese vestido, yo lo hice, tardé dos días. Es la noche en la que nos sentimos más liberadas”.

Considera que en Juchitán todavía hay machismo, nunca han sido totalmente aceptados, pero se han caracterizado de los otros 570 municipios del estado por expresarse: con su vestimenta, a través de las Velas:

- He pedido disculpas a Dios por encararlo, para mí es un orgullo ser muxe.

Todo porque América, a sus 13 años, lloraba mucho; lloraba en la cama: en las calles, con sus amigos: “Era muy noviera, lloraba porque quería a una persona de mi mismo sexo”.

Dejó en tercer grado la secundaria: no la dejaban ser mujer, aún así, a los 15 años causó revuelo en cada rincón del Istmo; enseñó a sus compañeras las tablas rítmicas para un desfile, también desfiló: vestido, vestida como sus compañeras:

- Salí en todos los periódicos, en las portadas. Todos hablaban de mí.
- ¿Qué te dijeron en la escuela?
- Me regañaron, no me dejaron ser mujer.

Aún así, tuvo su fiesta de quince años. La organizaron sus amigos, sus papás. Tuvo cuatro chambelanes que bailaron Castillo de Hielo, dos de ellos han muertos: “… Murieron de enfermedad, a los 28 y 29 años…”. Prefiere omitir los detalles.

Esa noche, como la de hace un mes en la que fue reina de Las Intrépidas, saldrá a la calle, maquillada, vestida, bella: “Es mi noche, así la siento. Y la voy a disfrutar”.

***

En La Populosa Séptima Sección, llamada así por ser un barrio bravo, hay música, taxis llenos de pasajeros vestidos con colores brillantes, que cierran las puertas con cuidado para no estropear su atuendo: faldas cortas, ceñidas; sombreros de plumas, tacones, trajes tradicionales: amarillos, rojos, violetas, verdes, todo el arco iris en un frenesí:

“Riqui taca, riqui taca, riqui taca”, dice el animador de Fantasía Tropical en el micrófono.

Es necesario, para entrar a una Vela, ir invitado a algún puesto, y llevar un cartón de cerveza como regalo. Me toca estar en el de Amaranta Gómez Regalado, Almendrita, quien no tiene tiempo de atender porque va de un lado a otro organizando, verificando que a nadie falte nada. Sólo saluda.

Me dan dos cervezas, un plato con pescado frito, tacos dorados y ensalada.

Son las 11 de la noche, van llegando invitados con sus cartones. Hay dos escenarios para los grupos musicales, en la oscuridad el color azul de las luces del escenario refleja los rostros de los asistentes: muxes vestidos con traje tradicional, otros de minifalda y zapatillas.

En esta vela, Vinicia es la mayordoma saliente, tomará posesión Almendrita.

La reina de esta Vela: Julissa 1, baila un vals con sus chambelanes: gira, da vueltas, gira, alza los brazos, sonríe y vuelve a girar; la corona ciñe su cabeza, un vestido rojo acentúa sus facciones felinas.

Dice sentirse feliz, soñó mucho tiempo que este día llegaría.

Hay diez puestos en la Vela sur, otros diez en la norte. Esteban Espinoza, originario de Playa San Vicente, comenta que estamos en la sur, es invitado de Almendrita, la conoció hace muchos años atrás, es frecuente que ella vaya a su restaurante a comer pescado frito.

Para Esteban Espinoza es normal ver muxes, tiene arriba de 50 años, desde que era niño ha convivido con ellos y ha sabido respetarlos: “Aquí hay muchos, dicen que Dios andaba repartiendo jotos por todo el mundo, y la bolsa en donde los llevaba se rompió precisamente en Juchitán”.

Hay mucha cerveza, en la mano una, a la espera 5 porque no paran de servir, en el puesto comentan que se consumirán alrededor de 2000 cervezas (100 cartones), es decir, alrededor de 20,000. En las dos velas: 40, 000.

La gente baila en la calle, a las orillas sillas de madera para los invitados: botellas vacías, huesos de pescado, platos desechables, cumbia tropical, cuuuuuuuuuuuuuuuuuumbia y Misteriosa que quiere bailar porque observa de frente desde hace rato:

- Llámame Misteriosa.
- …No sé bailar…

Dos, tres pasos torpes, un pisotón: Misteriosa se va.

Las sillas han sido arrinconadas, pegadas a la pared. Todas las personas que puedan caber en dos calles, son las que están ahí: bailando, bebiendo, aplaudiendo, gritando, girando.

A las 4 de la mañana el ambiente sigue siendo noche. América aún no baila sus canciones de Thalía. Pasos zigzagueantes… Hubo que comprar un analgésico para el despertar del día siguiente.

miércoles 26 de noviembre de 2008

Dos en la ciudad... Y una chaperona


Quitzé Fernández

Angélica escribe sus tristezas en hojas de cuaderno, después las arranca para olvidarlas de su presente. Ha vivido toda su adolescencia en una casa hogar, en medio de recuerdos, terapias y cuidados. Ahora se reencuentra con el mundo que alguna vez no comprendió.

Fue una sorpresa cuando Fernando llegó a Casa hogar del DIF Torreón para hablar con la directora, Martha Vázquez Campa. Pidió autorización para salir con Angélica, a quien semanas atrás había conocido en el Hospital Universitario, durante las prácticas profesionales de ambos. Esta petición originó una serie de cuestionamientos.

“No podemos detener el crecimiento de la gente, está por cumplir 18 años”, dijo Martha Vázquez al grupo de trabajadoras sociales, psicólogas y demás personas que estaban cerca del caso.

Además, parte de los procesos de adaptación a los cuales los 45 niños y jóvenes que en este momento viven en Casa hogar, está la vinculación con el mundo para integrarse a la sociedad: “A veces pueden llegar a explotar de soledad por las experiencias traumáticas que vivieron”.

Según cifras del INEGI, en Coahuila el 15.2% de la población infantil sufre maltrato físico, el 17.9% emocional y un 31.9% sufre por omisión de cuidados.

Martha Vázquez, platicó que al llegar un niño, elaboran un plan de vida para darle seguimiento a la problemática. Contó que es difícil que una familia quiera adoptar a un niño grande, de entre 6 y 18 años, por lo que tratan de integrarlos a una familia, con parientes cercanos, el caso de Angélica: es distinto, muy distinto; no tiene familia a la cual reintegrarla.

De hecho si la tiene, pero imposible acercarla. Porque vivió experiencias traumáticas junto a ella, porque a veces es necesario no contar escenas. La forma en que Angélica baja la mirada cuando algún recuerdo asoma a su pasado, no puede mentir.

Por eso Martha sabe de las crisis que presentan los niños, por su pasado, el cual a veces es dilucidado por los expertos de Casa hogar en un año, cuando ellos se atreven a contarlos. El maltrato lo ven, explicó, como algo normal en sus vidas.

Y Martha Vázquez Campa, ha escuchado las preguntas que hacen los niños cuando comprenden qué les sucedió: ¿Entonces mi mamá me abandonó?... “Es cuando vienen crisis muy severas, tienen terror, pesadillas. Hay niños que se van sin entenderlo”.

Había, entonces, que tomar una decisión respecto a la propuesta de Fernando, el joven ese de 18 años, estudiante de enfermería, que había propuesto que lo dejasen salir con Angélica, 17 años, habitante de casa hogar desde los 12.

La hubo. Sí, iba a salir, una, dos, tres veces por semana un par de horas: al cine, al parque, a caminar, siempre y cuando Angélica se hiciera acompañar de algún trabajador de casa hogar. Una especie de chaperón.

Uno de los personajes en el que inmediatamente pensaron para tal empresa, fue en Karla Martínez Serhan, una voluntaria: 24 años, estudiante de la carrera de Diseño Industrial en Universidad Iberoamericana. Martha Vázquez, diría después: “Es nuestra experta en casos difíciles”.

***


Karla había iniciado en septiembre de 2007 como voluntaria, tenía que acumular horas como parte del servicio social en la universidad, donde le dijeron que Casa hogar no tenía nada relacionado con su carrera: “A mi me gustan los niños”, contestó. Desde que llegó, empezó a invitarlos a jugar, a que rellenaran dibujos con bolitas de papel de china.

Se había ganado la confianza de todos. Ella, una de las once voluntarias que en este momento tiene la casa en sus diferentes áreas. La primera impresión que tuvo de Angélica, fue de una niña sonriente: “Para qué desgastarme en enojos”, confiaría Angélica a Karla.

Siguió sus visitas, a veces sus ausencias por motivos académicos. Aquella tarde, mientras Karla estaba sumida en papeles, estrategias para darle forma a su trabajo de tesis, recibió una llamada, era Icela Velásquez Soria, tutora en casa hogar:

- ¿Qué crees? Parece que Angélica tiene novio, queremos pedirte un favor, quieren verse fuera de casa.

Karla no pudo evitar sonreír, todo era tan extraño. Ni siquiera tenía hermanas menores, iba a cuidar las salidas de un par de jóvenes.

La primera vez que los acompañó, Angélica dijo:

- Bueno, ahorita nos vemos.
- ¿Cuál “Nos vemos”? Yo los sigo.

Siempre a unos cuantos metros de ellos, leyó en esas salidas cuatro libros, uno de vampiros, otro de superación personal. Iban al bosque Venustiano Carranza, Parque Fundadores, Parque Las Etnias: “Jamás fui chaperona, me sentía la hermana chiquita. Lo de ellos es algo muy limpio, muy sincero”.

Incluso, Fernando una vez le obsequió un boli, en uno de esos tantos lugares que frecuentaban y Karla no conocía, o no les había prestado atención en su vida. Supo de los problemas de la gente: “Son niños que requieren mucha atención. Yo nunca pregunto por qué están aquí, solo dos se me han acercado y me han dicho qué les pasó, son historias muy tristes”.

***

Fernando se presentó una tarde en casa hogar, quería salir, conocer a la muchacha con la que platicó en el servicio social de la escuela de enfermería. Ahí estaba, afuera de casa hogar, cuando Icela Velásquez Soria, tutora, supo de su existencia.

Después de platicarlo, de investigar quién era Fernando, aceptaron. Icela Velásquez, recordó: “Con mucho gusto, dijimos que evitara venir aquí. La situación de Angélica es diferente por lo que ella significa, forma parte de su adaptación allá afuera”.

Quien acompañó las dos primeras salidas de la pareja, fue la anterior psicóloga: Esther Hernández, en una de ellas Fernando regaló un peluche, detalle que omitieron contar a las demás habitantes de la casa: “Después todas van a querer tener novio”.

Después le tocó a Icela acompañarlos, se sentía incómoda; mantenía la distancia, observando aparadores, entrando a tiendas: “Era como una mamá lejana. Fui en dos ocasiones, le dijimos a Fernando: ‘Te vas a adaptar a los tiempos de Karla’. Luego permitimos llamadas telefónicas a la casa, a veces es imposible que se vean”.

Con poco más de un año dentro de Casa hogar, Icela Velásquez definía a Angélica como una niña dispersa, ahora la nota diferente en este proceso de adaptación: “La veo muy contenta, llega de la escuela o del hospital con una sonrisa”.

- Es posible que chicas como ella puedan alternar dos cosas en su proceso, como la escuela y una relación. No dudo que va a lograr lo que se proponga en la vida.

***

Era el mes de abril de este año. Le tocó hacer su servicio social en el Hospital Universitario, como parte de la carrera de enfermería. En esas visitas, de olores a hospital, conoció a Fernando, quien venía de otra escuela de enfermería de la ciudad de Gómez Palacio, Durango. Él no sabía vendar, ella le enseñó en una ocasión que les tocó trabajar juntos:

“La monjita me dijo que le enseñara a enrollar, después platicamos. Me ayudó a hacer el reporte de enfermería”.

Fueron dos semanas de convivencia, Angélica platicó donde vivía. Intercambiaron números celulares, porque a ella le permitían traer teléfono en Casa hogar.

Después le quitaron el teléfono, Martha Vázquez preguntó quién era ese Fernando que traía en el directorio. Dijo que un amigo, lo que todos sabemos, que lo conoció en tal lado y por tal situación. Así quedó todo.

Un día, Angélica estaba en clase de canto. La maestra pidió que llevara la grabadora fuera del aula. Pasó por recepción, vio a un enfermero, lo conoció:

- Hola…¿Qué haces aquí?
- Vine a pedir permiso para que salgas conmigo, quiero conocerte.

En Casa hogar pusieron condiciones, Fernando estaba nervioso. La tercera ocasión fueron al Bosque, Fernando preguntó si quería ser su novia: le robó un beso. Esa noche Angélica no durmió:

“No tenía sueño, me dolía la cabeza. Dije: ‘Ya sé en qué voy a pensar’. Escribí algunas cosas que luego rompí, aquí me dijeron que era una forma de desahogo: llorando, escribiendo, escuchando música”.

La siguiente salida le dijo que sí, Fernando dedicó una canción de grupo La Apuesta, No me dejes de amar; cuando Angélica está sola, la reproduce en la computadora. Y sonríe:

“Él me ayudó a superar una etapa. Me siento rara de que pongan alguien que nos cuide, pero son las reglas… Es bonito lo que estamos viviendo, no le tenía tanta confianza a la gente”.

***

A finales de este año Angélica terminará la escuela. El 14 de enero cumplirá 18 años. Martha Vázquez, directora de casa hogar, explicó que le asignarán un hogar, una casa donde llevará una vida normal, ya no puede estar con ellos. Los seguimientos a su historial seguirán, no es su intención dejarla a su suerte.

Karla Martínez Serhan, está por terminar la carrera universitaria y el servicio social. Prometió regresar con sus bolitas de papel de china. Al preguntarle sobre Angélica, sonríe: “Yo siento que de ahí es. A veces le digo: ‘Ya vas a cumplir un año’. Nada más se ríe”.

miércoles 24 de septiembre de 2008

Fábula del anfibio que se ahogó en el río Nazas


Quitzé Fernández

Cuenta Mario Esquivel Fernández que en el ejido San Miguel se ahogó un anfibio: era rojo, pesado y nadie creía que iba a poder pasar el río, de hecho los hombres lo sacaron a 5 kilómetros de su deceso, allá por los rumbos del ejido San Esteban.

Eso fue en 1991, hay muchos testigos. Mario Esquivel, habitante del lugar, supo por las noticias que el entonces gobernador de Coahuila, Eliseo Mendoza Berruelo, había donado un barco – terrestre, apodado El Anfibio, para que la gente pudiera pasar del otro lado del río.

San Miguel, añadió Mario agarrando el mango de una pala con la que ayuda a reforzar el bordo del río, había sufrido en la inundación del 68, quedando incomunicado, a la deriva, o en la sierra del Puerto de Ventanillas para protegerse del agua.

Ese año del 91 también estaban incomunicados, por eso llegó el mentado Anfibio: "Cuando vi esa madre luego luego pensé que no iba a flotar, era una cosa que nunca había visto, a uno lo sorprende".

- ¿Por qué no creía?
- Uno sabe de antemano que el agua es potente, arrastra toneladas. Ese año me tocó ver como el río aventó tres lozas, como si fueran de papel.

Víctor Palacios, 64 años, platicó que cuando llegó El Anfibio le dio risa, pero si iba a servir para transportar a la gente, pues bueno: "Era una cosota chingonota, pinche laminota que al final tuvimos que sacar del río porque se jundió como con 10 gentes arriba".

Afortunadamente, comentó, no hubo nada que lamentar porque todos alcanzaron a salir del agua, mentando madres y buscando opciones para cruzar el río.

Después de ese fracaso, interviene Mario Esquivel, Gobierno del estado decidió construir el puente para comunicar al ejido, el cual por el momento se encuentra agrietado.

El Anfibio, después de muerto, rescatado e insultado, nadie de San Miguel supo dónde quedó, sólo que alguna vez existió, pero ahora está abandonado bajo un árbol del Centro Recreativo Irritilas, en San Pedro, los encargados del lugar dicen que son pocos los niños que juegan con él porque les da miedo.

"A alguien le ha de servir el chingao anfibio, porque a nosotros no", remató Mario.

martes 23 de septiembre de 2008

Las únicas felices fueron las ranas


Quitzé Fernández

Chalío Hernández Martínez, del ejido Emiliano Zapata, contó, como queriendo evadir la tristeza, que las únicas felices eran las ranas: croaban sacando sus ojos saltones del agua, haciendo eco en los cultivos de chile, algodón y maíz del lado del ejido San Francisco que se perdieron por la inundación del río Nazas.

"Ellas son las únicas contentas, oiga que bonito cantan de alegría".

Chalío, 50 años, 4 hijos, esa jornada salvó de la tierra unos 10 kilos de fríjol y 2 costales de chile, perdió 5 hectáreas, distribuida la cosecha en algodón, escoba, chile y fríjol:

- Ya ni chance hubo de sacar nada, de repente llegó el agua y se fue todo.
- ¿Qué es todo?, Chalío.
- El año, la cosecha, los 1500 pesos de la semilla.

Pensó, observando la casita de paja que construyó para quedarse a vigilar el sembradío, qué darle de comer a sus hijos de 14, 16, 23 y 25 años:

"Para volver a jalar hay que esperar otro ciclo, ahora queda ponerse a mirar el agua".

Y se acordó que apenas hace media hora, a eso del medio día, la gente de San Francisco se le echó encima al dueño de Leche Bell, porque este decidió, junto con lo que a él le llama Gobierno y no cree en él, romper el canal para evitar que a sus vacas lecheras les llegara el agua.

Dijo Chalío que esa persona se puso enfrente de la comunidad, diciendo: "Qué tanto puede costar el pueblo, ¿3, 4 millones? Eso me cuestan dos vacas".

Entonces Chalío decidió hablar de otras cosas, como de la virgen de Santa Rosalía, en Camargo, Chihuahua, motivo por el cual su madre lo llamó Rosalío. Tiró una piedra, agarró sus costales, se puso de pie, lanzó un suspiro y se alejó pensando quién sabe qué cosas a orilla de la carretera escuchando croar a las ranas.